miércoles, 1 de junio de 2016

De 12 ciudadanos del cielo.

San Pánfilo, presbítero, y compañeros mártires. 1 de junio y 16 de febrero (Iglesias Orientales).



Era originario de Beritum (la actual Beyrut) y nació en noble y cristiana familia, que le educó en el Evangelio. Fue niño despierto, tanto que a los tres años leía y daba pequeños sermones a la familia. Luego de haber estudiado lo más que podía como párvulo, su familia le envió a Alejandría, a estudiar en una las célebres escuelas que florecían en la ciudad. Bajo su maestro San Pierio (4 de noviembre), Pánfilo brilló en letras, filosofía, retórica, y en las Escrituras y en teología. Y a todo esto, hay que sumar su integridad, pureza de costumbres y celo apostólico. 

Cuando completó sus estudios Pánfilo se fue a Cesarea, donde por su buen nombre fue puesto por el gobernador de la ciudad en altos cargos, con buenas rentas y privilegios. Pero el mundo no le llamaba, así que al poco tiempo lo dejó todo para entregarse al servicio de Cristo. Casi inmediatamente fue ordenado presbítero por San Agapio de Cesarea (21 de noviembre) sobre el año 300. Fue un presbítero ejemplar en el celo, la pobreza, la dignidad de sus celebraciones, y sobre todo por sus sermones. Ejercía la caridad constantemente por su medio o por medio de sus ayudantes en el apostolado. Como sacerdote se aplicó más aún en el estudio de la Escritura, dejando de lado la filosofía y el gusto por la retórica. Y no solo estudió, sino que propició que otros lo hicieran, organizando una biblioteca en Cesarea, para recopilar los textos de los antiguos, las actas de los mártires, los acontecimientos de la Iglesia, las obras de los Padres. Fundamentalmente se esmeró en preservar las obras de Orígenes, autor del que copió textos de su propia mano, por la afición que le tenía. Fue ardiente apologeta contra las herejías que ya comenzaban a pulular a inicios del siglo IV, para lo cual abrió una escuela de apologética para el clero en Cesarea, con vistas a formarles en el conocimiento de las Escrituras y la teología.

Y habría ido a más, si no se hubiese levantado la cruel persecución de Diocleciano y Maximiano. En los años 302 y 303 se firmaron edictos persecutorios y en todo Egipto padecieron miles de cristianos. En 304 Maximiano arreció la persecución por medio de gobernadores y prefectos aduladores y violentos con los cristianos. A Palestina envió a Urbano, el cual desde que llegó oyó hablar de Pánfilo y supo de su ascendencia entre los cristianos y los presbíteros. Quiso conocerle Urbano y le mandó llamar, para en privado ofrecerle riquezas y privilegios si reconocía la divinidad del emperador y sacrificaba públicamente a los dioses. Pánfilo le recriminó su bajeza por pretender seducir a un hombre, y por hacerlo en privado, lo cual hablaba de su catadura moral. La constancia de Pánfilo asombró al tirano y pasó a las amenazas, pero nada logró, más que el desprecio del santo presbítero.

De las amenazas pasó Urbano a los tormentos: mandó que le atasen y abriesen las carnes lentamente con garfios de hierro. Fue el santo convertido todo en una llaga, que causó espanto a los cortesanos que conocían la bondad de Pánfilo. Se le veían los huesos y la sangre le bañaba completamente. Urbano le envió a la cárcel para en pocos días volver a martirizarle, pero la prisión se alargó, pues en esos días Urbano cayó en desgracia ante el emperador y este mandó decapitarle por corrupto. Le sucedió el gobernador Firmiliano, que no se preocupó de Pánfilo, dejándole durante dos años en la cárcel. Este tiempo lo aprovechó el confesor de la fe en alentar a los cristianos, consolar a los tristes y animar a los que titubeaban. Se le dio libertad para convencer a los cristianos a retractarse de su fe, pero Pánfilo lograba todo lo contrario, siendo verdadero padre de mártires.

A al cabo de estos dos años llegaron a Cesarea cinco cristianos naturales de Egipto, que regresaban de su condena en las minas de Cilicia. Entraron en la ciudad y al ser interrogados y declararse cristianos fueron encarcelados, donde se alegraron de hallar a Pánfilo, al que ya conocían de oídas. Al día siguiente mandó Firmiliano trajeran a los cinco a su presencia. Al preguntarles sus nombres y su patria, a lo que el más joven de ellos respondió: "Todos somos cristianos, y no tenemos otra patria que la Jerusalén celestial, a la que esperamos arribar pronto por medio del martirio". Aturdido el gobernador con esta respuesta y mandó que a los cinco les quitasen la vida, siendo decapitados. Había allí un criado de Pánfilo, jovencillo de 18 años llamado Porfirio, que pidió al gobernador los cuerpos de los mártires para enterrarlos. Preguntado si era cristiano, al responder “solo soy catecúmeno, pero espero merecer la dicha de bautizarme en mi propia sangre, pues la estoy presto a derramarla por Jesucristo”, Firmiliano mandó a los verdugos que le atormentaran hasta que sacrificara a los dioses. Como Porfirio se negó, le fueron despedazadas las carnes, hasta descubrírsele los huesos, y viendo que no había caso, Firmiliano mandó le quemasen vivo a fuego lento. Entró a la cárcel un cristiano llamado Seleuco a dar a Pánfilo la noticia del martirio de Porfirio, y como le vieran saludarle con el beso de paz, saludo típico cristiano, fue apresado y sentenciado a ser degollado, lo que ejecutaron al instante. 

Tenía Firmiliano un viejo esclavo muy querido llamado Teódulo, al que quería más que algunos familiares, y resulta que se había convertido a la fe de Cristo. Habiéndolo confesado, fue llevado ante su amo, el cual de la tristeza pasó a la cólera y le condenó a ser crucificado "como ese Cristo al que dices adorar". Una vez que expiró, mandó Firmiliano traer a su presencia a Pánfilo junto a Valente, diácono, y a Pablo, un cristiano casado muy virtuoso, que llevaban tiempo presos con Pánfilo. Enterándose Firmiliano que Urbano había fracasado intentando comprarles y atormentándoles, mandó que sin más, fueran decapitados. Apenas fue cumplida la sentencia, se presentó al tribunal el joven Julián, de virtud probada y celo conocido. Al ver los cuerpos de sus hermanos, se abrazó a ellos, besando sus heridas. Le llevaron los soldados ante Firmiliano, que mandó también fuera quemado vivo a fuego lento. 

Los doce mártires alcanzaron la gloria a 16 de febrero de 309. Los santos cuerpos estuvieron expuestos cuatro días y cuatro noches por orden del gobernador, que buscaba que las fieras los devoraran, pero ninguna se acercó a tan preciadas reliquias. Viendo semejante cosa, el mismo Firmiliano, cansado de aquello, dio libertad para que se los llevara quien quisiera y los enterrara, como así hicieron los cristianos.


Fuente:
-"Año cristiano o Ejercicios devotos para todos los días del año". Junio. R.P. JUAN CROISSET. S.J. Barcelona, 1862.

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