domingo, 5 de mayo de 2013

San Ángelo, protomártir de la Orden Carmelita.

San Ángelo.
Talla venerada en Licata
Sus padres eran judíos, descendientes de David, a los que la Virgen María se les apareció y les conminó a convertirse, y les anunció el nacimiento de gemelos, a los que llamarían Ángelo y Juan, el día de Pentecostés, en abril de 1168. Y me salto toda la infancia, llena de prodigios, renuncias y actos heroicos. 

Joven ya, decidió entrar en religión, pensando hacerlo con los monjes basilianos, pero habiendo sabido de la regla de San Alberto a los carmelitas, por la devoción a María, entró en esta orden, en el convento de Santa Ana, radicado en la supuesta casa de la santa, en las afueras de Jerusalén y su hermano se ordenó de presbítero, llegando a ser Patriarca de Jerusalén. Perfecto religioso, abstinencia total, cuaresmas y penitencias, milagros de todo tipo, ya os lo imagináis… Tuvo una aparición de Cristo en la que este le mostró todo el mal que le esperaba a la Tierra Santa con la invasión de los musulmanes: guerras, hambres y pestes, así como la pérdida de la paz. Le conminó a ir a occidente, a predicar la paz, la conversión y la misericordia de Dios. Y así lo hizo, en 1219 llegó a Sicilia, luego de por un milagro, convertir a los piratas moros que le iban a asesinar. Predicó en Messina y Civitavecchia, donde conoció a Honorio III, que le pidió fuera a Roma, a predicar para él mismo y para el pueblo.

Y estando en Roma, predicando un sermón en San Juan de Letrán, cuando supo por revelación que estaban allí los Santos Domingo y Francisco, que andaban en asuntos de sus órdenes. Ángelo no los conocía, pero al subir al púlpito dijo que, entre los que escuchaban “había dos nuevas y firmes columnas de la Iglesia”. Predicó tan bien, que ambos santos quisieron conocerlo y (dice la “vitae”) “como si siempre se hubieran conocido, se abrazaron”. Y ocurrieron varias profecías:

Domingo, Ángelo y Francisco
en Santa Sabina.
Ángelo le dijo a Domingo “el Señor te ha escogido como acérrimo impugnador de las herejías y predicador contra los vicios”; y a Francisco: “y a ti, como principal imitador de Jesucristo, cuyas cinco llagas ha de imprimir en tu cuerpo por premio de tu humildad”. A esto, contestó Domingo: “Alégrate, Ángelo, a quien el Señor ha escogido por predicador de la Verdad contra los vicios y herejías; y por lustre de la Iglesia con tus virtudes”. Y dijo Francisco: “Con razón, Ángelo, te debes alegrar, porque en breve tiempo darás tu vida por la honra del Señor en el reino de Sicilia, y con tres coronas de virgen, doctor y mártir, subirás al cielo”. De allí se fueron a Santa Sabina, casa de los dominicos, donde estuvieron en oración los tres, toda la noche. 

Constancia de este encuentro y presencia de Ángelo, daba una inscripción en la celda de Santo Domingo en Santa Sabina que dice: "Attende advena. Hic olim sanctissimi viri Dominicus, Franciscus, Angelus Carmelita in divinis colloquiis vigiles pernoctaverunt".

Luego de esto, Ángelo fue a Nápoles, Sicilia, Calabria, Agrigento, dejando conversiones y milagros en todos estos sitios. Llegó a Licata, donde el 25 de abril de 1220 predicó públicamente contra el Conde Berengario, que vivía públicamente con una amante, llamada Margarita. Esta se convirtió, dejó al conde y quiso una vida de penitencia. Berengario, furioso, esperó para tomar venganza. El 5 de mayo (como le había predicho antes San Juan Bautista en una visión), estando predicando en la iglesia de Santos Felipe y Santiago, Berengario se acercó al santo y le asestó cinco puñaladas en el pecho. El pueblo se enfureció, pero Ángelo pidió perdonaran a su agresor, como él mismo lo hacía. Este perdón heroico, más que los resplandores, cantos celestiales y una paloma blanca que salió de su interior, según la leyenda, ya bastan para que desde ese momento fuera considerado santo. Allí reposan sus veneradas reliquias hasta hoy.

San Ángelo. Iglesia de la Enseñanza
México D.F. Talla y tela encolada.
En 1222, luego de recoger testimonios sobre sus virtudes y milagros, fue canonizado por el Patriarca Anastasio de Alejandría, en un concilio jerosilimitano. Su vida es atribuida a la pluma del Beato Enoch (4 de mayo), que le acompañó durante casi toda su vida y luego fue Patriarca de Jerusalén, y la habría escrito en 1227. Sospechosamente, estuvo perdida hasta 1527, en que fue dada a conocer por Tomás Bellorosso, un canónigo de Palermo, donde el santo gozaba, y goza, de una devoción sólida. En 1459, el Beato Juan Soreth (24 de julio) logró que Pío II le concediera oficio propio y extendiera su fiesta a toda la Orden. Luego de la reforma conciliar, los carmelitas descalzos lo eliminaron de su calendario propio, incomprensiblemente, pues aunque con visos de leyenda, su existencia está plenamente probada por documentos fidedignos.

Ramón Rabre.

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