jueves, 20 de septiembre de 2012

Opinión: La Iglesia de Oriente y los desafíos para el cristianismo del futuro

Giorgio Bernardelli.
Foto: Cristianofobia.it.
Un análisis de la Exhortación apostólica post-sinodal de Benedicto XVI relacionada con las perspectivas de las comunidades que viven, con grandes dificultades, en el área del mediterráneo

Por: Giorgio Bernardelli
Vatican Insider

Si el tema es los cristianos del Medio Oriente, es lógico que la palabra migración evoque inmediatamente el drama de los cientos de miles de árabes que, por la discriminación religiosa, se han visto obligados a buscar un futuro lejos de la propia tierra. Pero esta, en realidad, es solo una cara de la moneda. Porque también hay crisitanos que llegan al Medio Oriente desde países lejanos y representan una cifra con varios ceros. Todos ellos afrontan hoy en día muchos problemas y grandes dificultades.

Lo recordó justamente el Papa en la Exortación Apostólica “Ecclesia in Medio Oriente”; un documento en el que Benedicto XVI mostró una decisión interesante: la de poner en contacto ambos fenómenos. Tal vez no habría podido haber un país mejor que la República Libanesa para demostrar que estos fenómenos no son distantes entre sí.

Porque es cierto: de Beirut, en los últimos años, muchos jóvenes cristianos han partido hacia el Occidente. Pero el país de los cedros también es una realidad en la que viven millones de trabajadores extranjeros: domésticas, camareros, jardineros, choferes. Entre ellos hay muchos católicos asiáticos y africanos. Lo mismo sucede también en Israel, en donde entre los fieles de rito latino, los filipinos, hindúes o sudaneses son mucho más numerosos que los árabes. Todo ello sin citar el ejemplo de Arabia Saudita o de los países del Golfo Pérsico, en donde estos cristianos extranjeros representan algunos millones.

«Estas poblaciones, compuestas a menudo de hombres y mujeres solos o de familias enteras, se enfrentan a una doble precariedad. Son extranjeros en la tierra donde trabajan, y muchas veces se encuentran en situaciones de discriminación e injusticia». E inmediatamente añade que «El extranjero es objeto de la atención de Dios y, por tanto, merece respeto. En el juicio final se tendrá en cuenta cómo ha sido acogido».

Encuentro del Papa con el pueblo cristiano del Líbano.
Foto: El Heraldo de Barranquilla.
Son palabras fuertes y que se dirigen, sobre todo, a los gobiernos. Pero también llaman a las mismas comunidades cristianas, porque las relaciones con los recién llegados no siempre son fáciles: la situación más normal, en el Medio Oriente, es la de grupos que viven una vida paralela incluso en la misma parroquia. Al contrario, el Papa dijo a los fieles árabes que la acogida del extranjero también es una responsabilidad, poque estas personas han tomado «la dramática decisión de abandonar la tierra de sus antepasados, de sus familias y de su comunidad de fe». Por lo tanto, no pueden ser considerados como algo extraño con respecto al proprio contexto.

De hecho, Benedicto XVI propone que el Medio Oriente es una especie de laboratorio de una Iglesia en la que, debido a la globalización, la universalidad ya no puede seguir siendo abstracta: «me dirijo aquí a todos los fieles católicos de la región, a los nativos y a los recién llegados, cuya proporción se ha aproximado en los últimos años, porque para Dios, no hay más que un solo pueblo y, para los creyentes, una sola fe. Esforzaos por vivir respetuosamente unidos y en comunión fraterna unos con otros, en el amor y la estima mutua, para testimoniar de manera convincente vuestra fe en la muerte y resurrección de Cristo».

Así pues, para el Papa, también está en juego la actitud hacia los recién llegados y este será un factor importante para que llegue un verdadero cambio en el Medio Oriente.

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