miércoles, 15 de febrero de 2012

Cuando Cachemira sofoca a los cristianos

  
Foto: V.I.
Por: Giorgio Bernardelli
V.I.

Hace mucho que es noticia a causa del conflicto que dura desde hace más de sesenta años entre India y Pakistán por su control. Desde hace algunas semanas, el valle de Cachemira –región musulmana en contienda, situada en las faldas del Himalaya, que nunca ha digerido la soberanía de Nueva Delhi- se ha convertido en uno de los ángulos más preocupantes en el mapa de las persecuciones contra los cristianos. La pasada semana, de hecho, la Corte islámica de Srinagar, la capital de esta región, solicitó al gobierno del Jammu y Cachemira- el estado de la India bajo cuya jurisdicción se encuentra el valle- la expulsión de tres misioneros cristianos: dos anglicanos, Chander Mani Khanna y Gayoor Masih y el sacerdote católico holandés Jim Borst, de 79 años, misionero de la congregación de los Misioneros de Mill Hill. Todo ello deriva de una acusación de proselitismo, motivo por el cual Khanna había sido arrestado en el mes de noviembre y puesto en libertad bajo fianza solo 10 días después .

En teoría la Corte islámica de Srinagar no tiene ningún poder para emitir este tipo de veredictos: en el estado de Jammu y Cachemira no existen leyes anticonversión, como las que han sido sancionadas por otros estados indios con mayoría hinduista, y por lo tanto aunque hubiera habido proselitismo, no debería ser perseguido. Precisamente a causa del conflicto histórico que opone Cachemira a Nueva Delhi, el valle es considerado por todos un polvorín. Y así, las autoridades de Jammu y Cachemira no parecen tener ninguna intención de oponerse a la fetua dictada contra los cristianos en Srinagar. Por este motivo prudencialmente los tres misioneros ahora se encuentran al seguro fuera del valle de Cachemira. Pero la tensión contra la pequeñísima comunidad cristiana –pocos cientos de personas en un territorio de 5,5 millones de habitantes- sigue siendo altísima. Incluso el sábado -ha narrado la agencia Fides- en la parroquia católica de la Sagrada Familia en Srinagar, alguno prendió fuego a la moto del párroco.

Y sin muchos rodeos, los islamistas hablan de quitar a los cristianos el control de sus escuelas, donde estudian 7.000estudiantes, el 99 por ciento de ellos musulmanes. Frente a estas intimidaciones algunos cristianos se han encaminado ya hacia Jammu, la capital del Estado, donde las Iglesias cuentan con algunos miles de fieles y donde hasta ahora las tensiones se muestran más contenidas.

Sorprende encontrar este clima precisamente en Cachemira, un territorio que hasta hace algunos años se distinguía por un islam sufí, lejano años luz de la intolerancia de los wahabitas. La impresión es que también al valle haya llegado la ola que ha recubierto desde hace tiempo el Pakistán. Para hacer saltar la chispa ha sido suficiente el bautismo administrado por el reverendo Khanna -religioso de la Church of North India, expresión local de la comunión anglicana- a siete exmusulmanes que han declarado haberse convertido al cristianismo. En los diarios locales de Srinagar circulan narraciones absolutamente improbables a propósito de pago de determinadas sumas de dinero, alcohol, mujeres e incluso ceremonias en las cuales estas personas han sido obligadas a beber sangre de cerdo. Y hay quien echa leña al fuego con el objetivo preciso de poner las manos en las escuelas: no se explica de otro modo la implicación del padre Jim Borst, que vive en Cachemira desde hace 48 años y ha compartido con esta gente todos los sufrimientos del largo conflicto. En la tempestad anticristiana, ha ido a parar incluso Juan Marcos Troia, un entrenador argentino que se ha traslado hasta esos lugares para descubrir talentos futbolísticos: se había hecho famoso por un documental titulado «Inshallah Football» dedicado a Basharat, el hijo de un independentista de Cachemira que ha conseguido coronar su sueño yendo a jugar a Brasil. Ahora, sin embargo, los islamistas miran a Marcos con desconfianza.

Entre los cristianos de la India hay mucha preocupación por este asunto. Y entre los que están en primera fila para denunciarla se encuentra John Dayal, periodista católico y secretario general del All India Christian Council, desde siempre ha estado comprometido en la lucha a favor de los derechos de las minorías hasta ahora amenazadas más que otra cosa por el fundamentalismo hinduista. Una lucha que en Estados como Guyarat, Karnataka o Orissa ha situado a los cristianos y los musulmanes en el mismo bando, la de aquellos que son víctimas de la tolerancia ajena. En cambio, en Cachemira los cristianos indios están solos."No he visto ningún grupo de la sociedad civil india -ha denunciado Dayal en un comentario escrito para la agencia UcaNews- movilizarse para enviar una delegación para ver lo que está sucediendo en Srinagar; se amparan en el pretexto de la "naturaleza delicada" de la paz en el valle donde la población local se encuentra en estado de rebelión contra Nueva Delhi. De hecho, excepto dos periodistas, nadie ha escrito nada contra la fetua emitida por la corte islámica y ninguna organización musulmana –ni grande ni pequeña- se ha ofrecido como mediadora. Esto ha hecho que el aislamiento de la pequeña comunidad cristiana sea muy severo y su trauma muy agudo".

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