lunes, 5 de diciembre de 2011

Quinientos años del sermón de fr. Antonio de Montesinos, defensor de los indígenas

Fray Antonio de Montesinos O.P.
Defensor de los indígenas.
El próximo 21 de diciembre se conmemoran los quinientos años del sermón que el dominico fray Antonio de Montesinos pronunció en la isla de La Española, denunciando la explotación a la que estaban sometidos los indígenas y reclamando su dignidad como hijos e hijas de Dios. 

Era el IV Domingo de Adviento, 21 de diciembre de 1511, cuando el dominico fray Antonio de Montesinos pronunció el sermón en la isla de la Española (actual República Dominicana y Haití), en nombre de la comunidad de dominicos que habían llegado a esa isla un año antes.

Luego de leer el pasaje del Evangelio de San Juan, donde dice: «Yo soy una voz que clama en el desierto» (Jn 1, 23), fray Antonio subió al púlpito, como portavoz de la primera comunidad de dominicos en el Nuevo Mundo, en Santo Domingo, para pronunciar el sermón preparado previamente y firmado por todos los frailes. Sermón conocido como el «Sermón de Adviento»:
«Para os los dar a cognoscer me he sobido aquí, yo que soy voz de Cristo en el desierto desta isla; y, por tanto, conviene que con atención, no cualquiera sino con todo vuestro corazón y con todos vuestros sentidos, la oigáis; la cual será la más nueva que nunca oísteis, la más áspera y dura y más espantable y peligrosa que jamás no pensasteis oír». «Esta voz [os dice] que todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. 
Decid ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué auctoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas dellas, con muerte y estragos nunca oídos habéis consumido? ¿Cómo los tenéis tan opresos y fatigados, sin dalles de comer ni curallos en sus enfermedades [en] que, de los excesivos trabajos que les dais, incurren y se os mueren y, por mejor decir, los matáis por sacar y adquirir oro cada día? ¿Y qué cuidado tenéis de quien los doctrine y cognozcan a su Dios y criador, sean baptizados, oigan misa, guarden las fiestas y domingos?.
Estos, ¿no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos? Tened por cierto, que en el estado [en] que estáis no os podéis más salvar que los moros o turcos que carecen y no quieren la fe de Jesucristo».
Su denuncia movió las conciencias de las autoridades españolas que promulgaron las leyes de Burgos y Valladolid, que mejoraban las condiciones de trato a los indios. Eso no era suficiente y la Iglesia continuó la defensa de la dignidad de los hombres y mujeres de aquellas tierras. Adelantado a su tiempo, hay que reconocer que este sermón se anticipa con muchos años a la declaración universal de los derechos humanos.

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