jueves, 1 de diciembre de 2011

Carta de un sacerdote copto de Egipto destapa la hipocresía de la inmensa mayoría de los líderes religiosos musulmanes

Padre Yoannis Lahzi Gaid
Por su actualidad, reproduzco a continuación una carta que el padre Yoannis Lahzi Gaid (sacerdote copto en Egipto), que tras el cruel y bárbaro atentado de Nochevieja del año pasado (que acabó con la vida de 24 cristianos coptos en la ciudad de Alejandría) ha remitido a hmed al-Tayyeb, gran imán de Al-Azhar y principal líder religioso mahometano de Egipto.

Los coptos, durante largo tiempo discriminados, han pedido y están pidiendo una solución justa a sus problemas para frenar las injusticias. Sus exigencias se fundan siempre en el principio que afirma «La patria para todos pero la religión, para Dios» que, según su conciencia, es el fundamento de cualquier estado civil y de cualquier civilización evolucionada. Por desgracia han obtenido, después de cada suceso de atentado, siempre la misma cortés respuesta y las habituales palabras de comprensión y de solidaridad que no son suficientes para sus necesidades de poder expresarse libremente en el ámbito político, social y sobre todo religioso y de poder vivir tranquilamente, sin tener miedo de la opresión y de las amenazas. Los coptos, en toda su larga y luminosa historia, no han pedido la intervención de países extranjeros para ser ayudados en sus problemas, buscando siempre el evitar las posibles recriminaciones de parte de sus compatriotas que, habrían podido ver en tal intervención extranjera, la traición de parte de los coptos a su patria; y ejerciendo siempre una resistencia pacífica, no obstante el dolor, las injusticias y el silencio perpetrados por las autoridades nacionales.

Por otra parte, vivimos en un mundo globalizado en el que circulan, a tiempo real, noticias del globo entero, por esto es más que natural, respetable Imán Al-Azhar, asistir al alzamiento de una multitud de voces internacionales ante los sucesos aberrantes de los múltiples atentados que han sido verificados y se están verificando; ante las intimidaciones de las que son objeto los cristianos, obligados a emigrar del Oriente Medio para no ser masacrados. Es natural, entonces, escuchar del Santo Padre Benedicto XVI, cabeza de la Iglesia Católica, la invitación a proteger las minorías perseguidas en nuestro querido Oriente. Lo que sorprende, respetable Imán, no son las palabras del Papa, sino la actitud de algunos responsables religiosos y políticos que se quedan quietos y callados ante los múltiples homicidios de gente inocente; y que frente a las injusticias perpetradas a sus hermanos, se limitan a pronunciar las típicas y corteses palabras de condena.

Lo más triste, respetable Imán, es que Al-Azhar, la máxima institución religiosa islámica, se limita a condenar tímidamente a través de corteses declaraciones sin, nunca, pronunciarse claramente sobre la cuestión de la violencia y del asesinato de los «no musulmanes». Sin rechazar claramente las fatwas islámicas que consienten, incluso instigan y legitiman, el derramamiento de la sangre de los no musulmanes e invitan a apropiarse de los bienes y propiedades de los cristianos como si fuesen botín de guerra.

Es extraño, respetable Imán, que usted como Imán (jefe) de Al-Azhar, no haya pronunciado todavía una declaración explícita que prohíba el asesinato de los no musulmanes, no haya declarado con palabras rotundas, dirigidas a aclarar la posición del Islam frente a la violencia; explicando el significado de la yihad (guerra santa) contra los no musulmanes, no haya hecho una clara declaración, de manera que se evite cualquier manipulación coránica por parte de los terroristas.

Es vergonzoso, respetable Imán, que cuando hablan los compatriotas, especialmente aquellos que se declaran «moderados» e «intelectuales», lo máximo que lleguen a decir de los coptos es que son Ahl-Zimma -confiados a la tutela del Islam- una frase que destruye todo esperanza de conseguir una convivencia pacífica y civil basada en la igualdad y el respeto. Ya que, el término, «tutelados por el Islam» es un término que se radica en una definición basada en la desigualdad, en cuanto que confía a una parte el deber de proteger a la otra, y por tanto provoca el racismo y la discriminación entre personas que deberían ser iguales y, de la misma manera, ser tuteladas por una misma constitución, unas mismas leyes del Estado.

Respetable Imán, las tragedias que viven los coptos todos los días son más importantes que una visita de cortesía al papa Shenouda III -papa de la Iglesia Copta Ortodoxa de Egipto-, mucho más urgentes que declaraciones verbales, es señal de que en Egipto y en la mayor parte de países árabes falta la «igualdad» entre ciudadanos, es señal de que se aplica el concepto de un Estado policial donde los cuerpos de seguridad y los religiosos controlan las ideas de las personas, de sus actos y finalmente de si respiran.

La solución, respetable Imán, no se encuentra en la condena de las palabras del Papa o de los estados extranjeros, sino en el cuidar nuestras enfermedades con nuestras propias manos. Ni el Santo Padre ni la opinión pública internacional habrían hablado si nuestras condiciones de seguridad y de justicia estuvieran garantizadas, si nuestras leyes asegurasen los derechos de todos, si no se tratase a una parte del pueblo como «minoría perturbadora», o solamente como seres Ahl-Zimma -confiados a la tutela islámica-.

Ninguno habría intervenido, respetable Imán, si nuestro país estuviera fundado sobre leyes iguales para todos, sobre leyes aplicadas sin discriminación de religión, de lengua o de pertenencia política. Ninguno habría hablado, si la sangre de nuestros hijos y de nuestros hermanos, no hubiera sido derramada sin culpa, el día de la Navidad y de fin de año. Ninguno habría hablado si los países musulmanes de Medio Oriente hubieran estado al lado de sus hermanos cristianos y hubieran frenado esta hemorragia de emigración, asegurándoles su tutela.

Ninguno habría hablado, si los países islámicos hubieran actuado contra el terrorismo religioso y el integralismo islámico, que legitima la matanza de cristianos; como ha sucedido con las viñetas consideradas ofensivas para el Islam. ¿Por qué se afirma el derecho a un ser humano y se niega el mismo derecho a otro ser humano? ¿Por qué se afirma el derecho de condenar cualquier acto o palabra, cuando son consideradas ofensivas para los musulmanes en países occidentales, sin decir nunca que ésto significa interferir en los asuntos internos de estos países, mientras se condena la oración del Papa contra las masacres, contra las injusticias?

Respetable Imán, nadie habría intervenido si hubiésemos adoptado una única medida de comportamiento, si hubiésemos, desde hace tiempo, estudiado y analizado nuestra situación interna, si hubiésemos resuelto nuestros problemas de forma civilizada y respetando una única ley igual para todos. Y decir que otros países interfieren en nuestros asuntos internos es otro motivo de tristeza porque demuestra solo tenemos miedo del escándalo, que lo que debe continuar es el «silencio del resto del mundo», que no queremos encontrar una solución justa, factible y veloz, queriendo sólo enterrar la cabeza bajo tierra en vez de curar el miembro enfermo, o encima queriendo cortarlo.

Cristianos inocentes han sido asesinados en la iglesia de Nuestra Señora del Socorro en Baghdad por mano de terroristas que gritaban el nombre de Dios y recitaban versos del Corán. Los coptos han sido asesinados durante el fin de año en Alejandría, por mano de integristas que siguen la voluntad de Alá. Esta es la enfermedad que reside en este modo de interpretar los preceptos coránicos. Pero en esta misma enfermedad se encuentra la cura. Las masacres que los terroristas cometen en perjuicio de los cristianos, ¿son aceptables desde el punto de vista religioso e islámico? ¿Sus versos coránicos y sus argumentos doctrinales se fundan en la verdad? Estos terroristas ¿son verdaderos fieles musulmanes? Estas son las preguntas que necesitan respuesta, respetable Imán porque en su respuesta se encuentra la clave para frenar o alimentar todavía más, los ríos de sangre derramados.

En resumen, respetable Imán, el Santo Padre no ha intervenido en los asuntos internos de Egipto, sino que ha hablado en favor de los cristianos oprimidos y perseguidos, porque su voz se alza siempre contra cualquier discriminación o injusticia, contra cualquier hombre, cristiano o no, porque «el silencio frente a las injusticias es un demonio». Como olvidar que él ha condenado todos los actos de extremismo cometidos contra cristianos o musulmanes así como ha condenado todas las acciones ofensivas hacia los sentimientos de los fieles de cualquier religión.

Habría estado muy mal si su Santidad hubiese callado frente a los homicidios, a las masacres, a las persecuciones, a las migraciones forzadas de los cristianos del Medio Oriente sucedidas a los ojos de todo el mundo. Habría estado mal si él hubiese cerrado los ojos mientras las iglesias son profanadas y saqueadas y si no hubiera levantado la voz viendo que sus hijos son asesinados y perseguidos por el solo motivo de ser cristianos.

Respetable Imán, usted debería haber agradecido al Santo Padre por sus sentidas condolencias ofrecidas a sus/nuestros hermanos coptos, que han sido asesinados el día de nochevieja, en vez de condenar sus palabras considerándolos con una interferencia. Usted debería haber tendido sus manos a las manos del Santo Padre, tendidas para sostener un diálogo pacífico entre las religiones, en vez de rechazar las declaraciones y provocando, contra él y obviamente contra todo cristiano, la exacerbación de una situación, ya muy delicada, reforzando involuntariamente, todavía más, el extremismo.

Que el Señor tenga piedad de nuestro amado Egipto y aleje de él todo extremismo e intolerancia, sembrando en los corazones Su compasión al servicio de la verdad y de la justicia, para trabajar codo con codo, con el fin de establecer la igualdad, la convivencia pacífica y para construir una nación fundada en la libertad religiosa y sobre la igualdad de derechos y deberes de todas las personas. Que nos dé la valentía de curar seriamente las enfermedades, en lugar de condenar a aquellos que quieren nuestro bien, acusándolos de intervenir en nuestros asuntos. 

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