martes, 8 de noviembre de 2011

Santos Mártires Coronados

Santos Mártires Coronados
8 de Noviembre

Era por el año de 304, cuando arreciaba en Roma la persecución contra los cristianos. Se habían dado decretos para que todos los súbditos del imperio sacrificasen públicamente a los dioses, pero donde el emperador Diocleciano había mostrado más interés era en lo que tocaba a las clases militares, especialmente, en aquellos que pertenecían a su misma guardia y persona.

Muy conocidos eran en la ciudad cuatro hermanos llamados Severo, Severino, Carpóforo y Victorino, que militaban bajo las águilas imperiales, y que eran tenidos como unos excelentes servidores y soldados. Los cuatro tenían puestos honoríficos en la corte, pero llevaban consigo una marca imperdonable: eran cristianos.

Como la Iglesia había llegado a tener unos días de paz y de apogeo, los cuatro hermanos se dedicaban al culto del verdadero Dios con toda entereza y valentía. Asistían a las reuniones y a los oficios divinos. Socorrían a los pobres, se comunicaban con los presbíteros, ya sea en las catacumbas, donde de ordinario se solían tener los divinos misterios, o en algunas iglesias, que ya entonces se habían edificado en la misma ciudad, aun con las insignias de los soldados del emperador. Esto provocaba, la indignación de los paganos y más aún de los que envidiaban sus altos puestos en la corte.

Cuando por fin salen los decretos de persecución, son en seguida apresados los cuatro Santos y llevados a la presencia del emperador. Este, a pesar de que estimaba a los jóvenes, por su lealtad y buenos servicios, debía ser fuerte con ellos para que a ningún otro soldado se le ocurriera ser discípulo del Crucificado.

Diocleciano les hace ver la locura con que procedían al mantenerse aferrados a una secta que nunca les podría ofrecer las ventajas que él les prometía de seguir a su servicio. Los hermanos no aceptan tales ofrecimientos, y entonces, como último recurso, manda que les lleven delante de una estatua del dios Esculapio, donde, ante toda la multitud, era difícil que se negaran a sacrificar, aunque fuera por las insignias militares que llevaban consigo. Pero los heroicos mártires se niegan en absoluto y gritan "Jesucristo es nuestro único Dios".

Lleno de ira, el emperador, ordenó que sean relevados de todos sus puestos y degradados de sus honores militares y que sean allí mismo azotados hasta que fueran cambiando de parecer. Como resultaron infructuosas todas las invitaciones, los arrastraron hacia una de las columnas del templo, los despojaron de sus vestiduras, y, llamaron a los verdugos, para que los flagelaran con los terribles azotes de púas lacerantes, las plomadas, las largas varas de acero, que se incrustan en su piel, arrancándoles trozos de carne ensangrentados, ensañándose contra los cuatro hermanos hasta que entregaron sus vidas al Padre Celestial.

Cuando los verdugos se cansaron de martirizar aquellos cuerpos ensangrentados, los tiraron en la plaza, para que se los comieran los perros. Pero, éstos no se atreven a tocar las sagradas reliquias, y allí permanecieron durante cinco días, hasta que fueron recuperados por los cristianos y les dieron sepultura.

¡Cuántos cristianos de nuestros días mueren bajo las mismas condiciones! En vista de que las leyes de sus gobiernos no les permiten practicar fielmente su religión, los discípulos del crucificado siguen entragando sus vidas, para decirnos que a pesar de ello, aún mantienen firme la esperanza.

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