domingo, 30 de octubre de 2011

San Marcelo de Tánger

San Marcelo mártir
30 de octubre

Marcelo, era un centurión (soldado romano) joven y apuesto. Comandaba la Legión Septimia Gémina, acuartelada en León, y por entonces servía a la paz que reinaba en el Imperio Romano. Estaba orgulloso de servir al Emperador, pero más lo estaba de servir a Cristo. Por encima de todo estaba dispuesto a conservar su título de cristiano, pues aún, no había comenzado la terrible persecución de Diocleciano, la última de las diez imperiales (ver Siglos I-IV).

En una fecha conmemorativa en honor del César y, siguiendo las costumbres paganas, la legión tuvo que sacrificar a los dioses en el transcurso del acto de homenaje. Y aquí entraban en colisión los dos títulos de Marcelo. Debía escoger entre servir a Cristo fielmente, y en consecuencia también al Emperador en aquello que no se opusiera a la ley del Dios, o bien servir en todo al Emperador, aun en aquello que fuese contra las leyes divinas y humanas.

Con toda valentía y decisión, Marcelo se despojó de su cinto y espada y de las enseñas de su rango, negándose a sacrificar a los falsos dioses de Roma. Era algo tan inusitado, que todos creyeron que estaba loco. El presidente (gobernador) Fortunato, le preguntó: "¿Qué te ha pasado por la cabeza, desgraciado...?". El joven centurión era cristiano, y tal se declaraba, no pudiendo sacrificar a los dioses que no reconocía, aunque tuviera que enfrentarse a la muerte.

Marcelo fue detenido y conducido a Tánger (Antigua Mauritania), donde se encontraba su superior, el viceprefecto Aurelio Agricolano. En el acta de martirio se recogen estas acusaciones:
«Manilio Fortunato a Agricolano, su señor, salud. En el felicísimo día en que en todo el orbe celebramos solemnemente el cumpleaños de nuestros señores augustos césares, señor Aurelio Agricolano, Marcelo, centurión ordinario, como si se hubiese vuelto loco, se quitó espontáneamente el cinto militar y arrojó la espada y el bastón de centurión delante de las tropas de nuestros señores».
El centurión fue nuevamente interrogado. Él se mantuvo firme en la confesión de su fe, aceptando todos los cargos aducidos en el expediente. Fue condenado a ser a ser decapitado y sus últimas palabras fueron: "Que el Señor me colme de sus beneficios".

FUENTES
Acta de los mártires


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