sábado, 29 de octubre de 2011

La tragedia de Gojra

Víctimas de la tragedia de Gojra
Gojra es una pequeña ciudad de Pakistán, que en el año 2010 vivió una terrible tragedia de la que hoy nadie -salvo las víctimas- se acuerda.

Todo parece que se originó en una boda cristiana en la que a uno de los invitados se le ocurrió la "terrible idea", algo común para nosotros, de arrojar a los novios confeti hecho con papel de periódico. En uno de esos recortes de papel se mencionaba el nombre de Alá y como el confeti quedó en el suelo y fue pisado por los invitados de la boda, un musulmán denunció el hecho como una blasfemia contra lo más sagrado.

Un nutrido grupo de jóvenes y hombres del pueblo fueron arengados en el discurso del imán de la mezquita, e inmediatamente se lanzaron contra la inocente comunidad de católicos al grito de ¡Muerte a los infieles! Las piedras volaron de un lado y otro. La policía asistía, sin actuar, al espectáculo que se prolongó más de tres horas, según narró el un padre superviviente, a quien, además de sus dos hijos, le asesinaron a su padre de un disparo en la sien, a su mujer, a su hermano y a su cuñada que fueron quemados vivos en su propia casa.

La violencia fue salvaje, "entraban en las casas, quemaban todos nuestros enseres, pisoteaban la biblia y nuestros crucifijos, e incluso algunos se permitieron hacer actos obscenos delante de nuestras familias. También prendieron fuego a una iglesia protestante que estaba cerca de nuestro barrio".

A día de hoy, aún no se ha celebrado el juicio. Los cristianos desconfían de los jueces y de la policía, pues como ellos también son musulmanes, es difícil esperar una sentencia justa contra los culpables. Algunos sobrevivientes a la masacre, están ahora escondidos y sufren las amenazas de los violentos.

Perseguidos por el delito de haber presenciado cómo les asesinaban a sus seres queridos y desposeídos de sus bienes. Uno de ellos, que perdió a toda su familia, dice que su vida sólo encuentra sentido en la cruz de Jesucristo y en el apoyo y oraciones de sus hermanos en la fe que no le han abandonado. Entre lágrimas mientras narraba su tragedia decía: “Nada ni nadie me separará del amor de Dios”.

Hechos como este se siguen repitiendo una y mil veces en Pakistán, sin que las autoridades hagan algo y bajo el frío silencio de las otras naciones de la tierra.

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